miércoles, 5 de junio de 2013

Un Cometa en descenso…



Así como el cometa, Halley de Sebastían Hofmann es una película que se nos presenta pocas veces, es grande, fantástica y la tenemos frente a nosotros unos minutos para disfrutar esta historia, para mi semi fantástica, donde la vida misma abruma al protagonista hasta corroerlo literalmente.

A resumidas cuentas, Beto trabaja en un gimnasio como velador pero debido al deterioro en creciente de su salud decide renunciar, los últimos días que labora son en los que estamos dispuestos a husmear como cómplices de un secreto que nos vemos obligados a guardar. La dueña del gimnasio comienza una relación afectuosa con Beto, le recuerda a su madre muerta por una enfermedad; aunque ofrece compañía descubrimos que es ella quien añora amor.
Halley tiene esta historia peculiar, que no sabes entender al principio, no sabes si quieres entenderla; es constante la duda del inmortal Beto. Tener un zombi y traerlo al mundo donde la sociedad se pudre lentamente y es fácil mimetizarse entre tanta gente de por sí ya menos humana cada día es algo inusual en el cine mexicano donde triunfan las putas, los narcos, los ranchos y claro, los nobles. La gran actuación de Alberto Trujillo como Beto es absorbente, sufres con él, por dentro; al personaje solo puedes verle el caminar y gesticular de vez en vez pero el estado de ánimo es perceptible de inmediato, y se siente, como si un amigo sufriera y no pudiera hablar.

Increíbles montajes de escenas que nos hablan más que el propio Beto. Irónicamente trabajar en un gimnasio donde se expide vida, donde la cámara y el sonido se enfocan en las inhalaciones profundas y las exhalaciones fuertes como si el aire que se saca nunca nos ayudó, mientras a lo lejos el zombi los mira, anhelando tanta vida, queriendo más que nadie agitarse así sin miedo a deshacerse por el esfuerzo. Hofmann nos muestra a través de su cámara como Beto limpia para que el tiempo no pase tan rápido, casi compulsivamente. Cómo cocina aunque no lo consuma, solo por el placer de sentir normalidad en él. Los rituales donde las curaciones, los baños con agua helada, las larvas emergiendo de su piel siendo depositadas en un frasco donde cumplen su proceso de evolución y la insistencia de una herida que se niega a cerrar, son momentos que mantienen al espectador en una especie de transe incomodo en el que es necesario seguir viendo como si fuéramos parte de un experimento repulsivo. Cuando por fin Beto se quiebra en el metro de la ciudad es llevado a la morgue donde la interacción que tiene con un hombre emocionado en saber que alguien así existe es de un casi humor peculiar que para nada rompe el tono de la película.

Todo esto tiene Halley, además de dos secuencias finales que te permiten encontrar en una la desesperación, la resignación a la muerte y sufrimiento mas que nunca, donde Beto termina con su miembro arrancado sin remedio alguno; la otra a razón de no saber si es un sueño, si permite a nuestro protagonista reconciliarse consigo mismo, estar en un refrigerador que le permita movimiento donde no hay putrefacción, donde puede sentirse bien con él mismo.

Recomiendo Halley enormemente, la oportunidad de ver este estilo de cine que además es mexicano le da un merito de experimentación y da un gran resultado. Aunque claro, si son muy sensibles a imágenes poco agradables vayan con precaución. El estreno de esta película fue hace algunos días, pero pueden encontrarla todavía en algunas salas de cine. Búsquenla que bien vale la pena.




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